Los hechos nos quieren decir algo, pero no nos damos cuenta.
A mediados del siglo XIX era de muy buen tono aceptar el darwinismo; en la actualidad los biólogos se devoran e intentan concebir las cosas de un modo distinto.
En su tiempo, el darwinismo estaba de moda pero, por supuesto, no ha probado nada. Su fundamento: la supervivencia del más apto. No del más fuerte, ni del más hábil, puesto que por todas partes sobreviven la debilidad y la estupidez.
Así pues, no se puede determinar la aptitud de otro modo que por la supervivencia. De manera que el darwinismo prueba en todo y por todo la supervivencia de los supervivientes.
Y pese a que, en resumen, parece alcanzar en todo a lo irracional, el darwinismo, con su amasijo de suposiciones y sus tentativas de coherencia, se acerca mucho más a la Organización y a la Consistencia que todas las rudimentarias especulaciones que lo precedieron.
Otra cosa:
Cristóbal Colón no probó jamás que la Tierra fuera redonda.
¿La sombra que proyecta sobre la Luna? Nadie la ha visto nunca enteramente, ya que la sombra de la Tierra es mucho más grande que la Luna.
Si la periferia de la sombra fuera curva, y la Luna convexa, un objeto rectilineo podría muy bien, sobre una superficie convexa, proyectar una sombra curva.
Todas las otras autocalificadas como pruebas pueden ser tornadas de la misma manera. Era imposible probar que la Tierra era redonda.
Esto no era por otro lado necesario, y sólo una mayor apariencia de «positividad» de la que manifestaban sus adversarios empujó a Colón a intentar la aventura.
Era de buen tono, en 1492, aceptar que más allá de Europa existía, al Oeste, otro continente... y Colón lo aceptó.
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